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Hoy se habla mucho de valores. En el debate público es continua la apelación a principios tan intachables como la solidaridad, la tolerancia, la igualdad, la libertad, etc. Son conceptos cuya mera enunciación parece investir a quien lo utiliza de una fuerza argumental insuperable, haciéndole inmune a cualquier intento de crítica.
El discurso de los valores funciona así como gran discurso dialéctico. Pero, como sucede con cualquier tipo de recurso, la sobreexplotación conduce al agotamiento. De tanto usarse, parece como si los conceptos fuera desgastándose y perdiendo su verdadero sentido, hasta el punto de llegar, en ocasiones, hacerse irreconocibles. Y así sucede que asistimos a un espectáculo cotidiano de paradojas y contradicciones. Paradojas que, aunque pueda parecer nueva, en su inmensa mayoría son en realidad la reedición de viejos errores y falacias que se esconden tras un maquillaje conceptual de presunta modernidad. Y contradicciones fraudulentas entre la realidad y el discurso mediante el que éste se quiere, no transforma, sino, sencillamente enmascarar. Así. Se habla todos los días de tolerancia. Y sin embargo, cada día sentimos más en nuestras cabezas el peso asfixiante de la corrección política. Un carril de pensamientos únicos cuyas líneas continúas no pueden rebasarse, bajo pena de una grave sanción social. Se habla continuamente de la pluralidad como valor. Y, sin duda, lo es. Pero, al mismo tiempo, hay muchos que se autoproclaman paladines de la pluralidad, a la vez que intentan imponer la uniformidad en torno a un determinado concepto de “buena vida” en el que los ciudadanos deben necesaria y obligatoriamente militar.
Y todo esto sucede, además, en un contexto en el que lo ciudadanos dicen sentirse cada día más alejados de los políticos a quienes encomienda su representación. En nombre de la pluralidad, se pone en marcha cruzadas para liberar a los ciudadanos de las cadenas de la tradición. Una tradición, eso sí, que nadie sabe si muchas veces es real o ficticia, porque ahora quieren reglamentar hasta la historia y se la reescribe según un guión simplista de “buenos y malos”. Y, sin embargo, lo que subyace en este simulacro de liberación es el propósito de adoctrinar y ahormar la conciencia mediante herramientas –por otra parte, tan del pasado-. Pero, curiosamente, quienes más dejamos a la hora de la verdad ciertos perjuicios, eso de “buenos y malos”, somos los jóvenes que participamos activamente en la vida política. El ejemplo más claro lo tenemos en nuestro propio municipio de Telde donde mantengo una muy buena amistad con Alejandro Ramos, número 5 de la lista del Partido Socialista por Telde, y, con Alberto González, candidato por Compromiso por Gran Canaria al Parlamento de Canarias, con los dos me une una gran amistad personal y de afecto. Alejandro es sin duda una persona muy preparada con grande inquietudes sociales, y, conocedor de la realidad social de nuestro municipio y sobretodo una gran persona. Alberto también sin duda una gran persona con una formación excelente para la gestión pública, sin duda contamos en Telde con jóvenes preparados que apuestan por el interés de los ciudadanos. Por eso cabe destacar la apuesta clara del Partido Popular y Mari Carmen Castellano en la candidatura en Telde por jóvenes preparados. Frente a los grandes retos de la convivencia en libertad, desde el Partido Popular, defendemos esta manera de entender la política, así lo demuestra todo los días nuestra candidata Mari Carmen Castellano al hacer una campaña limpia y sin crispación el ejemplo, sin duda, de la apuesta decidida de la libertad, de la libertad ideológica, de pensamiento, de movimiento. Libertad para defender la vida, como valor supremo. |