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La primera idea es que España requiere una verdadera reforma laboral. Lo han dicho con elocuente unanimidad todas las instituciones económicas mundiales, El Fondo Monetario Internacional, la OCDE, la Comisión Europea, El Banco Central Europeo, que se ha pronunciado sobre nuestra situación. Y lo dicen las principales magnitudes que dan cuenta del funcionamiento de nuestro mercado de trabajo. El paro alcanza ya los 5 millones de desempleados, la tasa de temporalidad española es 25.2, tasa de temporalidad del sector público es del 25.4; la media europea es del 12.8 prácticamente la mitad de la española.
Ante estos datos la inactividad de quienes ejercen la acción del gobierno constituye, creo, un grave ejercicio de irresponsabilidad política. Cuando las reformas son necesarias, la pasividad no las evita, si no que las pospone y agrava.
La reforma laboral que España necesita tiene que ser fruto del dialogo social. Nuestro pasado más reciente acredita que, las reformas pactadas aunque no hayan tenido la incisividad que quizás fuera necesaria, ha producido un efecto placebo sobre nuestro sistema de relaciones laborales que sería muy beneficioso experimentar de nuevo. El diálogo social presta legitimación a las reformas, ayuda a implementarla, amortiza el conflicto social y constituye una magnífica señal económica.
Pero para que esa reforma pactada sea posible, es necesario un gobierno que ejerza el liderazgo, que no haga suyo los planteamientos de una de las partes negociadora y hostigue a la otra, sino que tenga un discurso propio, responda a los intereses generales. Yo creo que es de justicia reconocer que el Partido Popular tiene una larga e impecable hoja de servicio en lo que a liderar el diálogo social se refiere.
Esta es una crisis de demanda, a diferencia de los shocks petrolíferos de los años setenta y ochenta, y que presenta problemas difíciles porque requieren soluciones muy distintas y que nos “pillan” sin instrumentos de política económica, como la devaluación cambiaría, que ha sido el instrumento políticamente fácil para resolver los problemas de demanda interna mediante el estímulo de la demanda externa. Es por ello que los economistas insisten, y llevan insistiendo varios años, en una verdadera reforma, porque solo con una verdadera reforma laboral se consigue un aumento de las ganancias de la productividad que nos permite regresar a tasas de crecimientos elevadas y la consiguiente disminución del desempleo.
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